Era agosto, de noche, mucho calor. Al andar por la vereda, las piedras parecían traspasar la suela de las alpargatas. Todavía se veía muy lejos la luz de la casa. La falta de luz, el bochorno y la enorme distancia a recorrrer causaban en el viajero una angustiosa sensación de ansiedad. Aligerar el paso, pensó, aliviará la desagradable sensación. Al tercer o cuarto paso más largo y brioso que los anteriores, su pie izquierdo se enredó en una raíz y cayó de bruces al suelo. Sintió un agudo dolor en la nariz, pero en cambio le sorprendió notar enseguida el inconfundible calor de la sangre corrriendo por su frente.